Mary Chuy Cruz llegó a Estados Unidos hace más de 45 años, dejando atrás su vida en México con la esperanza de construir un futuro mejor. Como muchos migrantes, vino cargada de sueños, de ganas y también de sacrificios. Se había casado en su país y, apenas tres meses después, tomó la decisión de emigrar.
Hoy, al recordar ese momento, sus ojos se llenan de lágrimas. “Lo más difícil fue separarme de mi familia… dejarlos a todos”, cuenta. Adaptarse tampoco fue fácil: una comunidad distinta, otro idioma, otra cultura. Sin embargo, en aquel entonces había oportunidades. “Había mucho trabajo. Si no te gustaba uno, podías intentar otro”, recuerda. Su primer empleo fue en una fábrica de periódicos, donde empacaba los ejemplares e insertaba la publicidad, en un proceso que hoy ha sido transformado por la tecnología.
Trabajaba sin descanso, impulsada por el deseo de salir adelante y establecerse.
Con el tiempo, la maternidad llegó a su vida como una bendición triple. Mary Chuy es madre de tres hijos: una joven de 24 años y dos varones de 18 y 17. Pero fue con su tercer hijo que su historia tomó un giro inesperado.
Cuando el niño tenía tres años, Mary Chuy comenzó a notar señales que le inquietaban. Acudió a su pediatra en busca de respuestas, pero le dijeron que todo estaba bien. Aun así, su intuición de madre no la dejó tranquila. Insistió. Hasta que refirieron a su hijo a especialistas, terapias…finalmente llegó el diagnóstico: Autismo.

Ese día lo recuerda con claridad dolorosa. “Fue como si me hubieran echado un balde de agua fría”, dice. Le dieron la noticia en su casa y se fueron. Ella se quedó sola, con sus hijos y con un mundo nuevo por entender.
Antes de conocer el diagnóstico, Mary Chuy había decidido estudiar cosmetología. Ya se había inscrito, quería crecer, sentirse productiva en otra área. Pero tuvo que dar un paso atrás. “Regresé para decirles que no iba a poder”, cuenta.
Sin embargo, no se detuvo.
Conocer a otras familias: compartir expericiencias
“Yo tengo que conocer a otras familias que tengan hijos así, para entender qué es esto y aprender”, se dijo a sí misma. Así comenzó su búsqueda. Encontró a una madre con una niña con síndrome de Down y le preguntó si existía algún grupo de apoyo. Fue entonces cuando llegó a uno de los primeros espacios comunitarios para familias con hijos con discapacidades. Ver a tantos niños y padres atravesando realidades similares le abrió los ojos… y el corazón.
Con los años, Mary Chuy decidió crear su propio espacio. Durante la pandemia, cuando el aislamiento golpeaba más fuerte, sintió que muchas familias necesitaban apoyo. Abrió las puertas de su casa y reunió a dos familias. Hablaron, compartieron experiencias, se escucharon.

Lo que comenzó con un pequeño encuentro creció.
Hoy, ese grupo vive a través de una comunidad en Facebook que reúne a casi 100 personas. Juntos organizan actividades, crean espacios seguros y, sobre todo, permiten que sus hijos sean incluidos y felices. “Verlos disfrutar… eso lo es todo”, dice Mary Chuy.
Su mayor deseo es que más familias comprendan, que haya empatía, que no se juzgue a sus hijos.

En el marco de abril, mes de la concientización sobre el autismo, Mary Chuy comparte un mensaje claro y poderoso:
“No están solos. Busquen ayuda. Hoy existen muchos grupos. El diagnóstico no es el final… es el inicio de un camino. Un camino largo, sí, pero lleno de amor. Y cada madre es la mejor abogada de su hijo”.
Gracias Mary Chuy por abrirnos tu corazón y contarnos tu historia, por compartirnos eso que muchos callan cuando hay un hijo azul en casa.
Sigue adelante uniendo a más familias.
Me despido hasta la próxima historia,
Adriana Henriquez